"La oración es fe en acto" - Benedicto XVI

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Después de haber respondido a la pregunta ¿Cómo rezar bien el Avemaría? vamos a comentar el avemaría con la intención de que al pronunciar cada frase lo hagamos con pleno sentido.

En el año 1525 se encuentra ya el avemaría en los catecismos populares, pero la fórmula definitiva tal y como nosotros la rezamos la fijó Pío V en 1568, con ocasión de la reforma litúrgica.

En las dos notas anteriores traté de responder a la pregunta: "Cómo rezar bien el Avemaría" y ofrecí una sencilla "Explicación del Avemaría". Ahora me detengo a sugerir momentos para rezar el Avemaría.

Cualquier momento es buen momento para rezar el Avemaría. Puedes formar ciertos hábitos o rutinas de vida de oración y es cosa buena hacerlo, pero también es bueno tener siempre el nombre de la Virgen María "en la punta de la lengua".

La señal de la cruz es la oración básica del cristiano, lo primero que un niño o un converso aprende en la catequesis. En esta oración tan breve y tan simple se resume todo el credo y para muchos hombres y mujeres profundamente contemplativos ha sido su oración preferida.

Jesús se pasó toda su vida pública predicando y enseñando, de palabra y con su ejemplo, sin embargo se guardó lo mejor para el final. Culmina su vida y su predicación por todo lo alto y aprovecha hasta el último momento para dejarnos ver la voluntad del Padre y para enseñarnos cómo debemos vivir.

 


 

Las siete palabras:

Jesús pronuncia desde la cruz siete palabras llenas de contenido, siete frases con una profundidad infinita. A saber:

1. «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» Lc 23,34

2. «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Lc 23, 39-43

3. «Mujer, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre» Jn 19, 26-27

4. «Tengo sed» Jn 19, 28

5. « ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Mt 27,46; Mc 15,34

6. «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» Lc 23,46

7. «Todo está cumplido». Jn 19, 30

Estas siete palabras, de haber sido predicadas en otro momento, de haber sido incluidas en el sermón de la montaña, perderían fuerza y sentido, sólo podían ser proclamadas desde la altura de la cruz.

 

1. «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)

No cabe duda que nos encontramos ante una de las frases más conmovedoras de toda la historia; un corazón que ama tanto que es capaz de pedir clemencia para sus verdugos en el momento máximo de dolor y sufrimiento. Bien lo dice San Juan, “habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn 3,16). Hasta el extremo de dar la vida, y en medio del dolor pronunciar esas palabras.

Esto es lo que hace el verdadero amor; no calcula, no pone límites, no duda, simplemente se entrega. El verdadero amor todo lo puede, no tiene barreras; si las tiene, entonces no es amor.

Así tiene que ser mi amor por Cristo, me tiene que llevar a darlo todo, incluso la vida, a entregarme totalmente sin calcular si me conviene o no. A ese nivel de amor estoy llamado a llegar, por eso tengo que empezar desde ahora, estando en lo poco, amando en lo pequeño, para poder llegar a amar en lo mucho, en lo grande, en lo heroico. Pero para esto, debo ir metiéndole más amor a mi vida cada día, haciendo todos mis actos con amor. Ponle amor a tu vida y todo saldrá mejor.

Realmente Jesús tenía razón al decir . Si lográramos entender lo que es el pecado, lo que causa y lo que le duele a Dios no lo volveríamos a cometer. Si alcanzáramos a comprender lo que es lo aborreceríamos. Para darnos una idea basta tomarnos unos momentos para contemplar la pasión de Cristo. Si has visto la película de “la Pasión” de Mel Gibson te será más fácil imaginarlo todo. Cierra los ojos y recuerda a ese Cristo que está acabado por la flagelación, que escurre sangre por las espinas que le atraviesan el cráneo, que se encuentra clavado a una cruz. Ve recordando paso a paso la Pasión, y piensa que si te pareció sanguinario lo que viste en la película la realidad fue mucho peor, lo que sale en la película es sólo un poco de lo que pasó en realidad. Contempla todo el dolor y sufrimiento que soporta Jesús y piensa que eso mismo lo hubiera sufrido por un solo pecado. Así es, por tan sólo un pecado mortal habría valido la pena todo ese dolor. ¿Qué será entonces el pecado?

Afortunadamente para nosotros la misericordia de Dios es infinita, y es mayor que todos los pecados del mundo juntos, por eso nunca debo caer en la desesperación o en la desolación, pensando que Dios no puede perdonarme. Puedo tener la seguridad de que Dios me ama y me perdona todo, que Cristo se clavó en esa cruz por amor a mí, para borrar mi pecado, y que en ese momento estaba pidiéndole al Padre que perdonara mi pecado. Dios conoce nuestra miseria, nuestra debilidad, pero no se fija en ella. Dios no ve en mí el pecador que soy, sino el santo que estoy llamado a ser. Él me quiere llevar a ser ese santo, pero debo dejarlo actuar.

Dios ya es santo por esencia, es totalmente Santo y Perfecto; no necesita de mí y mi vida no me le puede dar mayor o menor gloria. Por esto mismo no le importa mi resultado, lo que le importa es mi lucha sincera por ser una mejor persona, mi lucha sincera por ser perfecto.

Por eso se clavó en esa cruz, para poder tener los brazos siempre abiertos para recibirme, en cualquier momento en el que quiera acudir a Él.

El fruto que debo sacar al contemplar la Pasión de Cristo no es el temor, ni siquiera diría yo que enfocarme en el dolor; lo que debo sacar es la conversión, enfocarme en el amor, y al igual que el centurión que estuvo al pie de la cruz y contempló todo esto en primera fila debo exclamar «Verdaderamente éste era Hijo de Dios». (Mt 27,54, Mc 15,39, Lc 23, 47)

Porque quién más, sino sólo Dios, sería capaz de gritar desde la cruz «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen»

 

2. «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». (Lc 23, 39-43)

Nos encontramos ante uno de los pasajes más hermosos y al mismo tiempo contradictorio de todo el Evangelio. Pocas veces vemos contrastes tan grandes en el mismo pasaje como lo vemos aquí. ¡Qué diferencia de actitudes entre los dos ladrones! Uno le exige a Jesús que se baje de la cruz y que lo baje a él, pareciera incluso que lo culpa y le reclama su sufrimiento. Como aquellas personas que culpan a Dios de lo malo que les pasa y se lo van a reprochar a Él, como si fuera su culpa, sin darse cuenta que seguramente se lo habrán buscado solos, y que no es más que la consecuencia de sus actos. En cambio Dimas, el llamado “buen ladrón”, tiene una actitud totalmente diferente, una actitud humilde, de arrepentimiento y de esperanza; tres virtudes claves para la conversión.

1. Humildad: reconocer que he fallado, para tragarme mi orgullo, reconocer mi error y poder pedir perdón.

2. Arrepentimiento: ver mi error me debe llevar al arrepentimiento, al dolor, y debe encender en mí la fuerza que me lleve a cambiar.

3. Esperanza: saber que Cristo no se puede resistir a un corazón humilde y arrepentido, ésta es su debilidad, es como su kryptonita. Podemos tener siempre la seguridad de que la misericordia de Dios es infinita y no hay nada que no pueda perdonar. Cristo ya dio su vida por nuestros pecados, ya están todos pagados y toda cuenta saldada, ya están todos los pecados perdonados, basta que me arrepienta y le pida perdón, y Él nunca me lo negará. No hay pecado mayor que la misericordia de Dios.

El Card. Van Thuan, en los Ejercicios Espirituales que le predicó a Juan Pablo II en el 2000, habla sobre los “defectos” de Jesús, y el primero de ellos es que Jesús tiene muy mala memoria. Una vez que le hayamos pedido perdón Jesús olvida para siempre todas las ofensas que le hayamos hecho. Aquí nos demuestra la mala memoria que tiene, al olvidar toda la vida de pecado de Dimas; una vida entera de pecado, y al arrepentirse en el último momento queda todo borrado. Bien lo dijo San Agustín: “Oh Dimas, eterno ladrón, toda tu vida robando y al final hiciste el mejor atraco de todos: te robaste el Cielo”.

¡El primero en entrar al Cielo fue un ladrón! Esto fue para que pudiéramos ver que la redención y la salvación son universales, y que todos estamos llamados a ir al Cielo, y no sólo los curas. Jesús mismo lo he dijo, “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos, porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,12-13; Mc 2,17).

Jesús sufrió toda la pasión por ti y por tu pecado, ¿qué más puede hacer para demostrarte que te ama? ¿Qué más tiene que hacer para que le ames? ¿Qué más debe hacer para demostrarte que su misericordia es infinita y que puede más que todos tus pecados y que todos los pecados juntos?

Jesús lleva su amor hasta el extremo y lo da todo para tú le abras la puerta de tu corazón. No esperes hasta el último momento como el buen ladrón, porque no sabes cuando será; empieza hoy, no lo dejes para mañana. Una de las frases que más escuché de Juan Pablo II y que más le recuerdo es: “Jóvenes, no tengáis miedo, abrid de par en par las puertas de su corazón a Cristo” y yo te pregunto, ¿Qué más tiene que hacer Jesús para que le abras tu corazón?

 

3. «Tengo sed» (Jn 19, 28)

En tan sólo dos palabras Cristo nos abre todo un horizonte desde la cruz y nos invita a colaborar con Él en su proyecto de redención.

Lo primero que quiero hacer es diferenciar los dos tipos de sed que sentía Cristo en ese momento.

1. Sed física: Cristo efectivamente tenía sed; no podemos olvidar que era perfectamente humano, y que libremente quiso asumir las debilidades y necesidades humanas, y atarse a las leyes de la naturaleza. Nos gusta pensar en Cristo como un Dios, y está bien, porque lo es, pero no podemos olvidar que también es hombre. Asume un cuerpo humano y por eso se cansaba (Jn 4,6), le daba hambre (Mt 4,2; Lc 4,2), dormía (Mt 8,24), lloraba (Jn 11,35), tenía sed (Jn 4,7; 19,28).

Tenemos que comprender que ya estamos en los últimos momentos de vida de Jesús, había perdido ya casi toda su sangre. Yo no soy médico, y gracias a Dios nunca me he desangrado, pero he leído que cuando una persona se está desangrando empieza a sentir una sed insaciable, que lo único que la quita es una transfusión de sangre.

Humanamente estaba agotado por tanto castigo, su cuerpo estaba llegando al límite, pero su alma no; su cuerpo parecía no dar para más, pero su alma aún tenía mucho que dar. Los soldados para “saciarlo” le acercaron una esponja bañada en vinagre (Mt 27,48; C 15,36; Lc 23,36; Jn 19,29) ¡Que trago más amargo le dieron de beber! Hoy Jesús te pide de beber a ti, no le ofrezcas un trago de vinagre, ¡ofrécele un vaso de agua fresca que realmente pueda saciar su sed! ¡Ofrécele tu sangre para saciar su sed! Pero esta sed, más que física, es espiritual.

2. Sed espiritual: La sed que tiene Cristo es una sed que le reclama su alma, más que su cuerpo, una sed de amor, de gratitud, de justicia, de almas que no permanezcan indiferentes ante su amor, de almas que se conviertan, de almas comprometidas. Está sediento por que tú lo veas y no te quedes indiferente como la mayoría de la gente y por eso te pide a ti que le des de beber con tu amor y con tu entrega. Hoy te dice a ti como le dijo a la samaritana; “dame de beber” (Jn 4,7). Dale de beber con tus palabras, con tus acciones, con tu buena voluntad, con tu lucha por la santidad. Piensa que Él lo ha dado todo por ti, y ahora se muestra necesitado; ¿no lo vas a ayudar? ¿Le vas a negar lo que te pide?... ¿Y qué te pide Jesús con estas palabras? Te pide tu lucha sincera por la santidad: tiene sed de gente que se tome en serio la santidad y que se sienta corredentores con Él, y que al verlo clavado en la cruz no pueda permanecer indiferente; tiene sed de gente que se desviva por su amor.

La Madre Teresa de Calcuta comenzó su obra porque vio a Cristo en un vagabundo que le decía “tengo sed” y no se pudo quedar igual. Hoy, al igual que a ella, y al igual que hace dos mil años, te ve a ti y te dice “tengo sed” ¿Qué le vas a ofrecer? ¿Una esponja con vinagre, un trago amargo?, o un vaso de agua, lleno del agua de la santidad, de la lucha, del amor, de la entrega. Una transfusión de sangre, como los mártires, viviendo la fidelidad al grado de martirio si se requiere así. Cristo esta Semana Santa te pide que sacies su sed, la sed que el mundo no quiere saciar. Hoy te dice a ti, al igual que le dijo a Sta. María Margarita Alacoque: “Al menos tú ámame

 

4. «Mujer, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27)

 Jesús tiene aquí un enorme gesto de deferencia hacia su Madre y un inmenso gesto de caridad hacia la humanidad. Trataremos de comprender todo lo que implica esta sencilla, y al mismo tiempo profunda frase.

María ya era viuda, y ahora perdía a su único familiar. Para los judíos era muy mal visto que una mujer se quedara sola, era signo de maldición, y Jesús lo sabía perfectamente y no quiere poner esta carga sobre los hombros de María, no quiere que sea mal vista, por eso tiene este exquisito detalle de deferencia con su Madre al ponerla bajo el cuidado de alguien más. Sería ilógico que Dios permitiera que se considerar maldita, abandonada de Dios, a la mujer que Él escogió para ser su Madre. Por eso, aún en medio del dolor, Jesús se olvida de sí para preocuparse por su Madre. ¿Y quién más podría ser el elegido sino el discípulo predilecto? Una vez tendremos que remontarnos a las costumbres de la época para ver que esto tampoco fue un gesto muy común. La tradición diría que quedaría bajo la tutela y cuidad de la parentela, pensaríamos en Cleofás, esposo de María su prima. En todo caso, al encargarla a uno de los hijos de Zebedeo debió haber sido al mayor, Santiago, pero Jesús le deja la tutela a Juan. Juan es el único de los discípulos que está al pie de la cruz, y podríamos pensar que en recompensa por su fidelidad Jesús le da el regalo más preciado que tenía aquí en la tierra; su madre. Pero debemos ver que va mucho más allá de un “premio”. Jesús la pone en manos de Juan para demostrarnos como debe ser nuestra relación con María. Juan era el discípulo más cariñoso y afectivo, y así quiere Jesús que sea nuestra relación con nuestra Madre, una relación filial, tierna, cariñosa, de confianza, como con una verdadera mamá; Jesús quiere que la tratemos como a nuestra propia mamá.

Debemos ver es que es una frase de dos vías; “ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre”. ¿Para qué decirlo de las dos formas? ¿No bastaba poner a su Madre al cuidado del discípulo? ¡No! Porque no era lo único que buscaba Jesús, no era sólo un detalle hacia María, lo era también para toda la humanidad. En la persona de Juan estamos representados todos los católicos de todos los tiempos, todos los que fuimos redimidos por Jesús, todos los que aceptamos su mensaje y su salvación, y todos los que aceptamos a Jesús aceptamos a María como nuestra Madre. Jesús desde la cruz, antes de morir, nos hace uno de los mayores regalos; nos regala a su Mamá.

María es verdadera Madre, y tiene un corazón maternal, un corazón generoso, entregado, abnegado, abierto a todos, atento a las necesidades de los demás. Lo podemos ver en la visitación a su prima Isabel. Al enterarse María que su prima iba a dar a luz, a pesar de estar recién embarazada, se va hacia Aín Karim para visitar a Isabel, debió ser al menos una semana de viaje, y permanece ahí alrededor de tres meses ayudando a Isabel en las labores domésticas y posteriormente en el parto. Lo demuestra después en las bodas de Caná, al darse cuenta que faltaba vino y “robarle” el primer milagro a Jesús para que los novios no quedaran mal; se conmueve ante la necesidad ajena y actúa sin que se lo pidan. Después de la Ascensión de Jesús se queda como cabeza del grupo, como Madre de todos ellos, y al igual que educó a Jesús los va educando también a ellos y los hace permanecer unidos, así como hoy mantiene unida a la Iglesia.

De María sabemos poco, se menciona muy poco en el Nuevo Testamento, pero lo poco que tenemos es suficiente para saber que su corazón es un corazón de Madre. En las relaciones humanas no hay mayor amor que el de una madre hacia su hijo, ¡cuánto más nos amará María! Ella es nuestra fiel compañera, nuestra protectora, nuestra intercesora.

Es como un vidrio, ahí esta siempre, nos protege del exterior, pero pasa desapercibido para que podamos ver lo que hay detrás, se transparenta para que podamos ver más allá. Así es María, nos protege pero se transparenta y pasa desapercibida para que podamos ver a Dios, para que nuestra atención se concentre en Él, sin embargo siempre va a estar ahí para cuidarnos, para apoyarnos, para alcanzarnos las gracias que necesitemos.

Termino con una anécdota para demostrar el poder intercesor de María y la confianza que debemos tener en ella.

Había un niño pequeño, de unos diez años, que contrajo paraplejia. Los doctores lo habían intentado todo, pero no tenía solución. Los papás, muy católicos, decidieron llevar al niño a la gruta de Lourdes, y le dijeron que Jesús y la Virgen lo iban a curar si tenía fe. Estaba ahí, en su silla de ruedas, dentro de la gruta, y llegó el momento de la procesión con el Santísimo; el niño estaba convencido que cuando pasara frente a él se iba a curar, sin embargo pasó el Santísimo y el niño no sintió nada. En ese momento, salió de lo más profundo de su alma gritarle al Santísimo – ¡Vas a ver! ¡Te voy a acusar con tu mamá! – Y en ese momento el niño quedó curado.

No cabe duda que María tiene un corazón de Madre y que como tal va a buscar siempre lo mejor para nosotros. Por lo tanto pongámonos en sus manos y dejemos que sea ella quien nos lleve a Dios, y llegaremos seguros.

 

5. “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15,34)

Sin duda alguna nos encontramos ante una de las palabras más desconcertantes del Evangelio y de las más difíciles de entender... ¿Dios abandonó a Jesús en la cruz? Si Jesús era Dios ¿por qué dice estás palabras? Si Jesús y Dios son la misma persona con el Espíritu Santo, ¿Cómo puede el Padre abandonar al Hijo?, ¿Qué es lo que nos quiere decir aquí? Éstas son sólo algunas de las miles de preguntas que nos pueden venir a la mente al detenernos en esta frase.

Lo primero que podemos ver es que es la frase con la que empieza el salmo 22, el cual habla sobre el silencio de Dios, sobre el alma que en la angustia no logra escuchar a Dios.

Con esta frase Jesús nos recuerda y nos demuestra que es perfectamente humano, al grado que puede sentir el silencio de Dios. Hay momentos en la vida en que Dios se esconde más y parece haber desaparecido, parece haberse ido y olvidado de nosotros, sin embargo, desde donde está escondido, nos está viendo. Es como el papá que se esconde para ver como reacciona su bebé cuando ve que está solo. Por supuesto que no lo va a dejar solo, no se va a ir a ningún lado y no le quita la vista de encima, pero el bebé no se da cuenta de esto y se siente abandonado. Así pasa con Dios; hay momentos en la vida, momentos que de por sí son duros, en los que Dios parece retirarse, pero no es más que una prueba. Dios quiere ver cuánta es nuestra confianza hacia Él, por eso nos pone estas pruebas.

En esos momentos Dios nos permite ver nuestra miseria y experimentar nuestra pequeñez, para que podamos correr a sus brazos y confiar en Él y sólo en Él, y no confiar en nuestras propias fuerzas.

Esta es la única vez en todo el Evangelio en la que Jesús lo llama Dios y no Padre, porque está sintiendo ese silencio de Dios. Su naturaleza humana está experimentando el silencio de Dios, la lejanía de la pequeñez humana con la grandeza divina, está viviendo en carne propia la miseria humana para podernos engrandecer.

Es en los momentos más duros y difíciles cuando nos damos cuenta de nuestra nada y de nuestra impotencia, y es en esos momentos cuando vienen la frustración y las lágrimas. Ese bebé, al verse solo, empieza a llorar desconsoladamente, y es eso lo que hace que su papá regrese y corra a su auxilio, porque le parte el corazón, no puede ver a su hijo sufrir así. Lo mismo pasa con Dios; lo que más le gusta de nosotros es nuestra miseria, se ha enamorado de nuestra pequeñez, por eso no puede resistirse a un corazón humilde. Todo lo bueno que tenemos no es más que obra de su gracia, lo único verdaderamente nuestro es nuestra pequeñez. Es irónico que nuestra mayor fortaleza sea nuestra propia debilidad. Bien lo dice San Pablo: “Cuando estoy débil es cuando soy fuerte” (Co 12, 10).

Dios nos permite a veces ver nuestra miseria para que, abandonándonos en sus brazos, seamos fuertes. El niño que lloraba desconsoladamente ahora se encuentra en los brazos de su papá y se encuentra en paz, se encuentra seguro, se siente fuerte y protegido.

Jesús nos sigue dando enseñanzas hasta los últimos momentos de su vida, y aprovecha esta ocasión en la que está débil y agotado para dejarnos una enseñanza de oro. ¿Qué hacer ante el silencio de Dios? ¿Qué hacer al ver mi miseria? ¿Qué hacer ante mi pequeñez? Repetir con Jesús sus siguientes palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Jesús vuelve a llamarlo Padre. Sabe que Dios es Padre y que se compadece de sus hijos, sabe que ama nuestra miseria y sabe, sobre todo, que nunca nos deja solos y que no puede resistirse a nuestra debilidad. Por eso nos enseña que en los momentos de prueba, de dificultad, de incertidumbre, de soledad, de dolor, la solución sólo puede ser una: abandonarnos en las manos del Padre.

 

6. «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46)

Acabamos de ver cómo Jesús al sentirse solo, al sentirse olvidado, se abandona en las manos del Padre y lo deja todo a su cuidado. Eso mismo debemos hacer nosotros, y estaremos seguros de que no nos fallará.

Dios conoce a la perfección quién soy yo y cómo soy. Sabe lo que hay en mi interior, Él sondea las mentes y penetra los corazones (Je 17,10). Sabe perfectamente lo que hay en mí, lo que siento, lo que pienso, lo que quiero, aunque yo no se lo diga. Él sabe mucho mejor que yo qué es lo que necesito, lo que me conviene, lo que me va a ayudar. Sus planes son siempre mejores que los míos aunque no lo quiera aceptar; el peor plan de Dios para mí será siempre mejor que el mejor plan que yo tenga para mí. Por eso debemos abandonarnos en sus brazos.

Pero, ¿qué implica abandonarnos a sus brazos? ¿Cómo se hace? ¿Qué significa? Significa renunciar a mi libertad, a mi voluntad, y dejarlo que Él me guíe. Significa repetir todos los días en la oración “toma Señor mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad, todo mi haber y poseer tú me lo diste y a ti Señor lo torno. Todo es tuyo, dispón de mí según tu voluntad, dame tu amor y gracias que eso me basta.”

Abandonarse en sus brazos es dejar mi egoísmo, mis pasiones, mis caprichos, mi soberbia, mi orgullo, mi voluntad, salir de mí y correr a sus brazos que están siempre abiertos esperándome.

Dios tiene un corazón de Padre, y por ello debo abandonarme a sus brazos como el niño en los brazos de su papá. Mientras el niño está en brazos de su papá se siente seguro, nada le puede pasar, no hay peligro para él, puede dormir tranquilo porque sabe que nada le puede pasar.

Aquí les contaré otra anécdota para demostrar la confianza que debemos tener en Dios. Nos situamos en un vuelo comercial; todo viene muy bien hasta que se prenden los micrófonos y el capitán anuncia que se avecina una tormenta y que va a haber turbulencia en la cabina; acto seguido las luces del cinturón de seguridad de encienden y las azafatas piden a todos tomar sus lugares y prepararse. El avión se empieza a sacudir fuertemente, al grado que las mascarillas de oxígeno se activan. Una señora, llena de miedo, no puede creer que el niño que viene a su lado esté tan tranquilo y feliz, ay que lo ve riendo y disfrutando el movimiento del avión; en su desesperación le dice al niño – ¿No tienes miedo? Este avión está apunto de caerse, ¿no te das cuenta? – el niño la ve extrañado y le dice con toda seguridad – Este avión no se va a caer, no nos va a pasar nada – La señora extrañada le pregunta al niño que cómo puede estar tan seguro, a lo que él responde – mi papá es el piloto.

Así es la confianza de un niño en su papá, y así debe ser nuestra confianza en Dios. Debemos saber que por muy fuerte que esté la tormenta, descansamos en la palma de la mano del Creador, y nada nos puede pasar. Lo que Dios me pida sólo bueno puede ser. Lo que Dios me mande sólo bueno puede ser, aunque yo no pueda verlo en ese momento.

Cierto es que somos débiles, que somos miserables, que nada podemos por nosotros mismos, pero eso es precisamente lo que cautiva a Dios, lo que le atrae del hombre; su miseria, su nada, su pequeñez. Mientras más débiles somos más fuertes somos (Co 10,12), no debemos olvidarlo. Debemos confiar en Dios sabiendo que sus caminos no son nuestros caminos, sabiendo que Dios nos trasciende y que nunca lo vamos a lograr entender. Vamos caminando como unos ciegos por esta vida, pero no debemos temer.

A mí me ayuda mucho recordar un juego que solía hacer con mi mamá y con mis hermanos cuando éramos chicos. Yo creo que todos alguna vez hemos jugado al ciego, dejando que sea otro el que nos guíe mientras vamos con los ojos cerrados. Cuando era uno de mis hermanos el que me guiaba iba con miedo, sin saber qué podría pasarme, pensando que se podía distraer y yo me iba a pegar con algo, me iba a caer en un escalón o que iba a tropezar con algo; era una sensación de inseguridad que me invadía totalmente. En cambio, cuando iba de la manó de mi mamá o de mi papá todo era diferente; sabía que no iban a permitir que nada me pasara, podría confiar en que iban a estar atentos en todo momento para que yo no me lastimara y que me iban a guiar hasta donde debía ir sin ningún contratiempo. Así nuestra vida; si nuestras seguridades son humanas vamos caminando llenos de inseguridad, sabiendo que en cualquier momento puedo perder mi trabajo, mi casa, mis amigos, mi dinero, la salud, etc. Pero si pongo mi seguridad en Dios nada puedo temer, porque ¿qué hay mayor que Él? ¿Qué es lo peor que me podría pasar? ¿La muerte? La muerte no sería más que el inicio de una nueva vida, de la verdadera vida, de la vida en Dios.

Todos somos peregrinos en esta tierra y venimos de paso, para poder llegar a la verdadera vida en Dios. No sabemos cuándo llegaremos, lo único que sabemos es que algún día nuestro peregrinar terminará, pero fuera de eso no sabemos nada más; vamos como ciegos por la vida. Dejemos que Dios sea nuestro lazarillo, que sea Él quien nos guie, ya que es el único que conoce el camino. Nada nos puede pasar si venimos de la mano de Dios. Por eso, pongámonos en los brazos de Dios como el niño en los brazos de su papá, y dejemos que sea Él quien nos cargue y nos lleve a donde debemos estar, a donde Él quiere llevarnos, a donde Él quiera que estemos, y podemos tener la seguridad que es ahí donde vamos a ser plenamente felices.

 

7. «Todo está cumplido». (Jn 19, 30)

Dios creó a cada ser humano con una misión particular, con un propósito, y tenemos un tiempo determinado para cumplirla. Dios me tiene preparado en el camino muchos encuentros, muchas citas importantes a las cuales sólo yo puedo asistir, y sólo voy a llegar si me abandono en sus manos y lo dejo que me lleve.

Dios, desde toda la eternidad, pensó en mí y en la misión que me iba a encomendar, y por ello me hizo ideal para ella. Nadie más puede cumplir mi misión, y yo estoy hecho a la medida para esa misión; Dios me hizo perfecto para esa misión, con todo y mis defectos, los cuales debo aceptar y buscar pulir.

¿Y cuál es esa misión?... ¡Ser testigo de Cristo!

Para esto me voy a ayudar de la figura de la vela roja que alumbra todo sagrario, que precisamente se llama así: Testigo.

En todo sagrario debe haber un testigo encendido que indique que Jesús está presente sacramentalmente ahí. Por lo tanto, el testigo está al lado de Cristo tiempo completo. Yo también debo estar al lado de Cristo en todo momento, si bien no puede ser físicamente estar al lado de la Eucaristía todo el día, pero si debo estar unido a Él espiritualmente, estar en constante presencia de Él, y sobre todo debo buscar conocerle en la oración; si no lo conozco no lo puedo dar a conocer, por lo tanto debo buscar hacer la experiencia personal de Cristo en mi vida, ya que si no lo he encontrado no puedo hacer que otros lo encuentren, si no hablo con Él no podré hablarle a los demás de Él.

¿Cuál es la misión principal del testigo? Su misión es señalar que ahí está Cristo. Cuando entro a una Iglesia, o a una capilla, y veo una vela roja, sé que Cristo Eucaristía está ahí. La misión del testigo es señalar la presencia de Cristo, indicar el camino a Él, acompañar a Cristo Eucaristía todo el tiempo, aunque sea el único, no puede dejarlo solo. Así debo de ser yo, debo estar tan unido a Cristo que al verme puedan localizarlo.

El testigo se va consumiendo poco a poco, la cera se va derritiendo y la vida de la vela poco a poco llega a su final. Se consume dando su vida para que otros puedan llegar a Él, para que otros puedan encontrarlo a Él. Al final de su vida el testigo puede decir todo está consumado, cumplí, me mantuve fiel, logré mi misión. Pero también puede decir todo está consumido, lo di todo, no me quedé nada, se fue toda mi cera hasta que se apagó la llama; el testigo se ha consumido totalmente al servicio de Cristo. Así debo ser yo, debo consumir mi vida al servicio de Dios y de los demás. Todos los días me voy muriendo un poco, es inevitable, y por qué lo hago, para qué lo hago, ¿qué sentido le doy a mi vida? ¿De qué sirve mi vida? Todos los días me voy consumiendo poco a poco, pero no debe ser sólo físicamente, también debo ir consumiendo mi egoísmo, mi soberbia, mi orgullo, mis defectos, hasta llegar a consumirlos todos y quedar limpio, y poder decir, todo está consumido, y todo está consumado, cumplí.

Estoy llamado a ser luz del mundo (Mt 5,14), pero para ser luz del mundo primero debo ser vela de Sagrario. Al igual que ese testigo yo debo ser una fuente de luz y de calor para los demás, pero para ello primero debo llenarme de luz y de calor, y sólo se puede lograr en la oración y en la Eucaristía.

Esta Semana Santa es un buen momento para comenzar esa vida de oración y de Eucaristía que Dios espera de mí. Cristo se consumió completamente por mí, se ofreció en holocausto por amor a mí y lo dio todo, sin cálculos, sin medidas, sin reservas; yo no puedo hacer menos por Él, debo darle todo, consumirme todo, y de ese modo podré llegar al final de mi vida y decir, todo está consumido, pero también, todo está consumado, cumplí, lo he dado todo y todo está cumplido.


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V DOMINGO DE PASCUA  (Apóstoles 6, 1-7; Sal 32; 1 Pe 2, 4-9; Juan 14, 1-12)

 

IV DOMINGO DE PASCUA  (Act 2, 14a. 36-41; Sal 22; 1Pe 2, 20b-25; Jn 10, 1-10)

Delia Smith figura en diversos "rankings" como una de las diez personas católicas más influyentes del Reino Unido, está entre las 50 mujeres más ricas de Inglaterra y es la cocinera más famosa del país. Con 21 millones de libros de cocina en las estanterías de infinidad de hogares y su presencia asidua en la BBC, Delia tiene una legión de seguidores.

Yo quiero servir a Jesús. Es impresionante este testimonio de Shahbaz Bhatti, ministro cristiano asesinado recientemente en Pakistán por su condición de cristiano. Estoy seguro de que este hombre tenía una fuerte y profunda relación personal con Jesucristo en la oración. El testimonio de su vida no se explica de otra manera: "Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe." (Santiago 2,18).

Me gustaría hablar de la experiencia del desierto en la oración. Pero he preferido contaros una historia, que lo hará más fácil:

ANTÍFONA. - Por los caminos de la paz y prosperidad nos dirija nuestro omnipotente y misericordioso Señor. Sea nuestro compañero en el viaje el arcángel Rafael, para que en paz y con salud y con alegría podamos volver a nuestra casa.
ORACIÓN. - Oh Dios que hiciste caminar a los hijos de Israel por medio del mar a pie enjuto, y que por medio de una estrella mostraste el camino a los tres Magos; te rogamos nos concedas un viaje próspero y un tiempo tranquilo para que acompañados de tu santo Ángel podarnos llegar felizmente a donde vamos y, después de todo, al puerto de la eterna salvación.
Te rogamos, Señor, atiendas a nuestra súplica y ordenes prósperamente para nuestra salvación nuestro camino, para que en todas las peripecias de esta nuestra vida y peregrinación, seamos siempre protegidos por tu auxilio.
Oh Dios, que a tu siervo Tobías diste por compañero de su viaje al bienaventurado arcángel san Rafael: concédenos que seamos siempre protegidos por su custodia y fortalecidos por su auxilio. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Te damos gracias, Señor, por esta hijo/a que hemos recibido como un don de tu amor. Haz que seamos capaces de alimentarle, fortalecerle y educarle, de tal manera que sea plenamente miembro de la familia humana y en definitiva de la gran familia de Dios. Que, con nuestro ejemplo y nuestra palabra, aprenda que, si ha venido a este mundo, ha sido para llevar a cabo en él una misión de amor y de paz tal como lo hizo tu hijo Jesucristo.
Te damos una vez más las gracias por mediación de San Ramón Nonato, nuestro protector. Que la intercesión que ha hecho nos ayude también a dar a nuestro hijo una santa educación inspirada en los valores cristianos.
Contentos y agradecidos por el nacimiento de nuestro hijo/a, te dirigimos ahora aquella plegaria que tu Hijo nos enseñó: Padre nuestro...

 

Cierra los ojos un instante, haz la prueba: recuerda que Dios ha puesto su morada dentro de tu corazón, allí lo tienes dentro, todo para ti. Dile esta plegaria. No la pronuncies solamente con los labios, como “un lector”, sino que te salga del alma, Dios te está mirando y escuchando. Él es tu Padre y tú el más pequeño de sus hijos.

«Señor, Dios mío, única esperanza mía,
haz que cansado nunca deje de buscarte,
sino que busque tu rostro siempre con ardor.
Dame la fuerza de buscar,
tú que te has dejado encontrar,
y me has dado la esperanza de encontrarte siempre nuevo.
Ante ti están mi fuerza y mi debilidad:
conserva aquélla, ésta sánala.
Ante ti están mi ciencia y mi ignorancia;
allí donde me has abierto, acógeme al cruzar el umbral;
allí donde me has cerrado, ábreme cuando llamo.
Haz que me acuerde de ti,
que te entienda, que te ame. Amén».

De Trinitate, 15,28,51

Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

Dios prefiere nuestra fidelidad en las cosas pequeñas que nos encomienda, mucho más que el ardor por las grandes que no dependen de nosotros.

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María– una espada te traspasará el alma.

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