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III Domingo del tiempo ordinario

(Neh 8,2-4ª.5-6.8-10; Sal 18; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4.14-21)

El papa Francisco nos lo viene recordando copiosamente: este Año de Gracia, año de Misericordia. Fundándose en el Evangelio que hoy se proclama, anunció este Año de Gracia, Año Santo. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

Necesitamos a una madre que nos enseñe a orar

Muchas cosas no nos salen si las hacemos solos. Necesitamos a los demás. Necesitamos aprender. Y la oración es un arte que requiere una profunda humildad porque parece que necesita un volver a empezar, un aprender siempre de nuevo, una conquista que hay que realizarla cada día.

Precisamente el mérito de la oración es que nos devuelve el alma de niños, que nos hace siempre tener un corazón dispuesto a maravillarse por la vida, por lo bello, por la luz, por el aire, por la bondad; que nos devuelve la capacidad de sorprendernos, de tener el estupor de que hablaba Juan Pablo II. Pero esto requiere un reconocerse niño, un saberse siempre necesitado, un reconocerse mendigo, un corazón contrito y humillado. Y por eso es que necesitamos en la oración la presencia y la compañía de María.

Castidad, obediencia y silencio

En el artículo anterior, introdujimos el tema de de los consejos evangélicos y su relación con el silencio. Hablé, incluso, de la pobreza y cómo podemos vivir mejor el silencio y el consejo de la pobreza. En esta ocasión, continuaremos reflexionando sobre el silencio y los consejos de la obediencia y castidad.

Obediencia y silencio

Muy similar es la acción del silencio en el consejo evangélico de la obediencia. Sería ligero considerar este voto como la simple renuncia a poder decidir qué hacer o cómo obrar. Este sería el punto de partida, lo visible y externo de nuestra obediencia. La verdadera obediencia es silencio de nosotros mismos y de nuestras facultades.

II Domingo del tiempo ordinario

(Is 62, 1-5; Sal 95; 1Cor 12, 4-11; Jn 2, 1-11)

Aunque ya hemos comenzado el llamado Tiempo Ordinario, la Liturgia nos ofrece los ecos de la manifestación del Señor, y este domingo nos propone el primer signo que hizo Jesús en Caná de Galilea, como muestra de su divinidad.

El día de Epifanía, el canto de Vísperas tiene como antífona del Magnificat la referencia a tres acontecimientos que se unen para expresar la divinidad de Jesucristo. “Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya”.

"Venid y veréis", un llamado del silencio

Hemos reflexionado sobre la necesidad de hacer silencio externo e interno y de dejar a Dios hacer silencio en nosotros. En este artículo profundizaremos en la vivencia del silencio específicamente en la vida de consagración.

El seguimiento de Cristo que toda persona consagrada ha profesado implica la vivencia de la virtud del silencio. Cuando decidimos seguir a Jesús tuvimos que silenciar muchas cosas de nuestra vida: proyectos, planes, gustos, estudios, familia, afectos, ilusiones. Todas estas cosas, buenas en sí, hacían mucho ruido en nuestra interior durante el período que duró el discernimiento vocacional. Debemos reconocer que la respuesta vocacional es, en gran medida, un ejercicio de silencio.

 

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