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Está claro que la oración no quita los problemas. No es la oración una panacea universal de resolución de los infinitos problemas humanos que surgen en las diversas circunstancias y ámbitos de la vida. Por ello no poca gente se pregunta, ¿para qué sirve la oración? ¿Me hace sentirme mejor? ¿Me hace más bueno? ¿Me hace más alegre, más feliz? ¿Qué es lo que me da para que merezca la pena dedicarle tiempo, energías y dedicación? Estas preguntas reflejan la mentalidad utilitarista en la que vivimos en la que siempre se busca una utilidad en lo que hacemos, pero como son preguntas que es lícito ponerse, vale la pena tratar de ofrecer algunas pistas que nos ayudan a encontrar el valor de la oración.

XII Domingo del tiempo ordinario

(Job 38,1.8-11; Sal 106; 2 Co 5, 14-17; Mc 4, 35-40)

Coincide este domingo con la entrada del verano en el hemisferio norte, un cambio de estación, para muchos un tiempo de descanso, de cambio de actividad, de nuevas relaciones, circunstancias que se han podido desear, pero que cuando llegan, no siempre definen un tiempo sereno y pacífico, sino que cabe, como describe la Palabra de este día, que sobre él se cierna la tormenta, el huracán y la crisis.

El Acto penitencial es el momento en el que Dios nos manifiesta cuál es nuestra dignidad (Primera parte). Nos reconocemos necesitados de Dios y por lo tanto nos damos cuenta de que somos sus hijos y Él nuestro Padre.

Somos limitados y pequeños

Deseamos ser hijos pero “¿cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?»” Jn 3, 4. Nosotros ya no somos niños. Hemos crecido y hemos adoptado actitudes de hombres independientes, autónomos, capaces de llevar adelante la vida sin necesidad de los demás, incluso sin necesidad de nuestros padres. Sin embargo, a pesar de que nos sentimos seguros así, es común que en el día a día advertimos nuestros propios límites.

Uno de los caminos secretos, pero privilegiados, de esta revelación es el misterio de la Virgen María. Es muy bello constatar cómo María está presente hoy en la vida del mundo, para hacer volver el corazón del hombre a Dios, sobre todo educándolo en la oración. Si nos confiamos a ella, si nos dejamos conducir por ella, ella nos lleva a un verdadero conocimiento de Dios, porque nos hace entrar en la profundidad de la oración. Es ahí donde Dios se revela, donde muestra su rostro de Padre.

El silencio de espera

Aunque san Juan claramente afirma en su prólogo que “la Palabra era Dios” (Jn 1, 1) la reflexión teológica y espiritual no duda en decir que también “Dios es silencio”.

Parecería que el silencio de Dios en la Biblia expresa dos actitudes diferenciadas en Dios. Por una parte, el silencio de Dios está cargado de amor. Su silencio es como la antesala de la gran efusión de amor que es su Palabra.

Así el Génesis nos presenta el silencio del caos que precede a la palabra creadora: “Todo era un silencio informe” (Gen 1, 2). A ese silencio se contrapone la exuberancia de la Palabra creadora y amorosa de Dios que no cesa de decir: “hágase”.

 

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