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La frase «conversación con Dios» describe muy bien la oración cristiana. Cristo ha revelado que Dios es una persona real y que está interesado –apasionadamente interesado- en nuestras vidas, nuestra amistad, nuestra cercanía. Para los cristianos, entonces, la oración, como lo explicó el Papa Benedicto XVI cuando visitó Yonkers, Nueva York en el 2007, es una expresión de nuestra «relación personal con Dios». Y esa relación, continuó diciendo el Santo Padre, «es lo que más importa».

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Gén 9, 8-15; Sal 24; 1 Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15)

Desde el primer domingo de Cuaresma, las lecturas nos ofrecen la perspectiva de la Pascua. Gracias a quien será levantado en alto, vendrá sobre la tierra la Alianza definitiva, no solo la que selló Dios con Noé -"Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes. Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra" (Gén 9, 13)-, sino la que sella para siempre mediante su Hijo en la Cruz.

Si en tiempos antiguos la revelación anunciaba el perdón divino, cuánto más no será el ofrecimiento de la misericordia que se nos regala, por la ofrenda de Cristo. "... la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva" (1 Pe 3,20).

Una queja paradójica

En los pasados dos artículos comenzamos una reflexión alrededor del silencio de Dios. Lo contemplamos desde diversos puntos de vista, para ayudarnos a comprender siquiera un poco, a aceptar, a conocer, a abrazar en la fe, a vivir este misterio bello, por ser Suyo, pero que tantas veces nos sorprende y algunas veces puede causar inquietud, constituir un obstáculo para el encuentro sereno y amoroso con Él en nuestra ermita interior.

A veces Dios parece mudo, indiferente, a nuestras súplicas. Cuando su silencio se prolonga incluso por años puede llegar a ser una experiencia tremendamente dolorosa para el alma que lo busca con sinceridad.

Tiempo de Cuarema con Santa Teresa de Jesús

(Joel 2, 12-18; Sal 50, 2Cor 5, 20 -- 6, 2; Mt 6, 1-6. 16-18)

Es tiempo de gracia, de conversión, de retornos, de higiene del alma y del corazón. Tiempo de acercarse a Dios, de relación fraterna, de crecimiento en la vida interior.

La Palabra nos hace tres llamadas, que se corresponden con todo un proyecto de vida. Se extiende a las dimensiones esenciales, al referirse al dominio corporal con el ayuno; al de la mente, con la limosna; y al dominio del corazón, con la oración. Actitudes frente al afán de placer, de tener, y de poder, como antídotos correspondientes.

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Lev 13, 1-2.44-46; Sal 31; 1Cor 10, 31-11, 1; Mc 1, 40-45)

Es muy evidente la diferencia entre el trato que se les daba a los enfermos de lepra en el Antiguo Testamento, y el que les daba Jesús, según vemos en las lecturas de hoy.

De acuerdo con la ley de Moisés, los que sufrían esta enfermedad debían vivir apartados de la comunidad, fuera del campamento, se les descartaba. "El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: "¡impuro, impuro!" Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento" (Lev 13,46).

El evangelio narra una de las escenas más reveladoras, en las que se descubre hasta dónde llegó Jesús en su amor al ser humano: hasta quedar contaminado, hasta verse desechado por haber tratado con enfermos contagiosos. "Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: -«Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: -«Quiero: queda limpio.» Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado" (Mc 1, 45).

 

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