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IV DOMINGO DE ADVIENTO

Desde antiguo, la Revelación ha venido anunciando las alianzas de Dios con su pueblo, como señala el salmista: "Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades»." (Sal 88)

Los pactos con Noé, con Abraham o con Moisés, tienen su plenificación en la bendición sobre la Casa de David. La lectura resalta esta bendición profética: "Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre" (2Sam 7,16), que tiene su cumplimiento en Jesús: "Cristo Jesús -revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura" (Rm 16,26).

Nos preparamos a la Navidad en el período de Adviento y la liturgia nos presenta personajes que han preparado la venida del Señor. Uno de ellos es la gran figura de San Juan Bautista. Los Evangelios nos lo describen como un hombre austero y penitente que vestía con piel de camello, alimentándose de langostas y miel silvestre (Mt 3, 4). En medio del desierto lanzaba su mensaje de conversión y proclamaba la cercanía del Reino de Dios (Mt 3, 1). Pero el primer encuentro de este hombre tan combativo con Jesús se caracterizó no por el combate, sino por la alegría.

III DOMINGO DE ADVIENTO

El papa Francisco nos regaló su primera encíclica, "La alegría del Evangelio", y cada día nos confirma, con sus palabras y discursos, en esta actitud cristiana de vivir alegres porque nos sabemos salvados por el Señor.

Este domingo, la Liturgia, ante la proximidad de la Navidad, desborda de gozo e invita a la alegría, trayendo a nuestra consideración textos emblemáticos en los que se da la concurrencia de la expresión alegría, como es el canto del Magnificat. "Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (Lc 1, 46).

El profeta Isaías y san Pablo se aúnan en la misma invitación: "Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas" (Is 61, ). "Estad siempre alegres. Sed constantes en orar" (1 Tes 5, 16).

Santo Tomás de Aquino habla de la oración como "intérprete de la esperanza" (Suma Teológica II-II, 17, ad 2). Como seres humanos estamos llenos de miedos y de esperanzas. Ambas actitudes tienen que ver con nuestra historia, la experiencia tenida, la situación presente y el futuro, lejano o inmediato. ¿Quién de nosotros no alberga en su corazón expectativas, ilusiones, deseos y al mismo tiempo miedos, preocupaciones, ansias? Quien no tuviera ni miedos ni esperanzas lo calificaríamos de in-humano. El cristiano espera y teme como cualquier hombre. Por el hecho de ser cristiano, de estar bautizado, de creer en Cristo, no cambia su situación existencial. Estamos en un mundo que se presenta muchas veces como agresivo y violento; y nos sentimos amenazados. No siempre sabemos bien el objeto del temor. Pero ahí está y a veces no corroe el alma ese temor íntimo, en forma de ansia, de angustia, de preocupación, que no siempre podemos compartir con los demás.

Misa prefestiva de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Estimados hermanos en el episcopado y el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,


De la riquísima herencia homilética del cardenal Joseph Ratzinger se me ha quedado impresa una homilía de hace dieciséis años. Era el 8 de diciembre de 1997, la solemnidad de la Inmaculada Concepción y la fiesta patronal de la archi-hermandad de Santa María de la Piedad de los Teutónicos y Flamencos, de las que ambos somos hermanos miembros. Pienso que haremos bien en meditar el profundo y original pensamiento del cardenal-teólogo y del papa Benedicto XVI, también después de su renuncia al ministerio petrino, con respecto al misterio de la Inmaculada.

 

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