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El camino real de la oración

En el libro que Santa Teresa dedicó a las carmelitas de San José de Ávila para estimularlas en el camino de la perfección religiosa, ella dice que es preciso hacer oración “con una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino … siquiera se hunda el mundo” (Camino de Perfección 35, 2).

Santa Teresa habla de la oración como del asunto que más importa en la vida, como aquél del que depende lo más importante, que es la misma salvación eterna. Ella conocía muy bien lo necesaria que era la gracia de Dios en la vida espiritual, pero al mismo tiempo, por experiencia propia, era consciente del valor de la oración y de las grandes tentaciones de quien comienza a hacer oración tiene que afrontar en el camino.

¿El apóstol necesita orar?

¿C

uál es la diferencia entre una actividad apostólica y una profesión? ¿Qué diferencia hay entre el trabajo que una monjita realiza en una residencia de ancianos y una asistenta social de la tercera edad? ¿Qué diferencia hay entre un religioso que ejercita su apostolado en un colegio y un maestro del estado? En ocasiones puede dar la impresión que no sabemos responder con claridad y concreción estas preguntas ¿Cuál es la respuesta? La hemos escuchado muchas veces: el apóstol, el consagrado en su apostolado, se sabe y es principalmente instrumento de otro y para otro; el profesional en su trabajo, es y será, ante todo, de y para sí mismo. Profundicemos lo dicho.

IV Domingo del tiempo ordinario

(Jer 1, 4-5; Sal 70; 1Cor 12, 31-13, 13; Lc 4, 21-30)

E

ste Año de Misericordia, de Gracia del Señor, en el que se proclama de manera especial el Evangelio de San Lucas, llama a nuestra puerta, de manera insistente, la declaración de amor de Jesucristo.

Pocas expresiones llegan al corazón y modifican la relación personal con uno mismo, a pesar de verse menesteroso como las que se encuentran hoy en el profeta Jeremías. Si se da fe a la declaración del profeta, todo cambia: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré”.

El silencio en la caridad fraterna

H

ace unos meses, supe de un religioso que, al regresar de su visita familiar, expresó en comunidad la siguiente queja: “Decimos que la comunidad es nuestra familia, pero nada de eso. Acabo de estar en mi casa. ¡Qué ambiente! El amor y caridad que he recibido de mis familiares ha sido algo totalmente diverso de lo que recibo en comunidad. Ahora, al volver a la comunidad, la experimento como algo totalmente diferente de lo que viví en mi casa”.

No sé, cuantos de ustedes, consagrados y consagradas que leen estas líneas, se identifican con esa queja. Yo, debo decirlo, sentí una gran tristeza al conocer estas palabras.

III Domingo del tiempo ordinario

(Neh 8,2-4ª.5-6.8-10; Sal 18; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4.14-21)

El papa Francisco nos lo viene recordando copiosamente: este Año de Gracia, año de Misericordia. Fundándose en el Evangelio que hoy se proclama, anunció este Año de Gracia, Año Santo. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

 

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