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XVI Domingo del tiempo ordinario, ciclo A


(Sb 12, 13. 16-19; Sal 85; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-43)

¡Qué diferente eres de nosotros, Señor! Cuando nos ofenden, solemos reaccionar de manera violenta y resentida. Nos justificamos en el daño que nos han hecho para legitimar el gesto de enojo, de rechazo, la decisión de mantener enemistad con quien de alguna manera nos hiere. Tú, en cambio, "eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (Sal 85).

Cuando queremos hablar con la Virgen María podemos decirle lo que queramos de manera sencilla y natural, lo que brote del corazón, y cuanta más devoción pongamos, mejor. La fórmula del avemaría es un excelente vehículo, probado millones de veces durante siglos, para tener un encuentro filial con nuestra Madre del cielo. El avemaría nos ofrece palabras y actitudes adecuadas para venerarla, invocarla, decirle algo que sabemos que a ella le agrada y que a nosotros nos hace bien.

Santa Teresa de Ávila tiene unas poesías magníficas y en cada una de ellas podríamos sacar muchas enseñanzas sobre la oración porque reflejan el estado de un alma que elevada su corazón a Aquel que sabía que le amaba y lo hacía con una familiaridad admirable y al mismo tiempo con el respeto proprio de quien sabía que trataba con la divina Majestad. Una de las poesías más conocidas es la que tiene como estribillo: "Vuestra soy, para vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?". Esta oración de Santa Teresa corresponde a lo que San Ignacio llama el "principio y fundamento" en sus ejercicios espirituales, es decir, reconocer que venimos de Dios y que vamos a Dios.

XV Domingo del tiempo ordinario, ciclo A

(Is 55, 10-11; Sal 64; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23)

Lecturas

"Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía" (Is 55,11)

Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua. (Sal 64)

"-Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino (...) Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno" (Mt 13, 23-27)

Dice Santo Tomás de Aquino que la oración es la intérprete de la esperanza (II-II, 17,2.4). Abraham sabía bien lo que era esperar contra toda esperanza (Rom 4, 18). Y, nos dice San Pablo, "la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5, 5). La esperanza no defrauda. Pero ¿qué tipo de esperanza es la que no defrauda? ¿Cuál es la esperanza que nos hace vivir del fuego del amor? Porque nuestra experiencia parece ser contraria a esto.

 

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