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XXIX Domingo del tiempo ordinario

Is 45, 1. 4-6; Sal 95; 1 Tes 1, 1-5b; Mt 22, 15-21

La historia de Israel, narrada en la Biblia, es en realidad revelación de la Historia de Salvación. Cuando contemplamos el transcurso de los acontecimientos que tienen que ver con los israelitas, nos sorprende cómo conduce Dios a su pueblo a través de circunstancias a menudo extrañas y paradójicas.

Uno de los capítulos más significativos para ver hasta dónde llega la providencia divina, que nunca abandona a los que ha escogido como suyos, es el que se refiere a la actitud de reyes paganos, como Ciro y Darío, que ordenarán la restauración de Jerusalén y posibilitarán el retorno de los israelitas a su tierra.

Sabemos que para rezar nos hace falta un espacio interior de soledad y silencio para escuchar a Dios. Un vacío de ruidos, de distracciones, de inquietudes, una atmósfera de paz interior donde Dios pueda hablar. Nos esforzamos por buscar un buen momento, un lugar tranquilo, la ocasión serena para el encuentro. Cuando por fin lo logramos, le abrimos el corazón a nuestro Señor esperando que Dios responda, que nos hable. Y su frecuente silencio nos sorprende, nos desilusiona, nos preocupa, nos hace sufrir. Nos da la impresión de que allí "no pasa nada".

XXVIII Domingo del tiempo ordinario

Is 25, 6-10a; Sal 22; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22, 1-14

Estamos en otoño, tiempo de recoger los frutos, meses de cosechas, y de celebrar el rendimiento de los trabajos. Tiempo de agradecer a Dios la fecundidad de la tierra, el sustento cotidiano, la mesa que dispone sobre los campos para que nadie pase hambre.
Los textos que hoy nos propone la Liturgia se concentran en la figura del banquete. Y aunque la carta de san Pablo a los filipenses se lea como lectura continuada, sin una correspondencia tan evidente como la que se da entre el evangelio y la profecía de Isaías y el salmo, sin embargo, también resuena en ella la referencia al hambre y a la saciedad. "Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta" (Flp 4, 12).

La depresión es una enfermedad o una situación anímica negativa de la que se habla cada vez más. El ritmo moderno de la vida conlleva exceso en el esfuerzo que luego se puede traducir en un bajón generalizado de nuestra tonalidad anímica. O simplemente una vida competitiva y llena de exigencias múltiples en muchos sentidos hacen difícil la concentración para la oración, crean nuevas ansias y temores, conducen a altibajos emotivos y afectivos que causan si no una verdadera depresión, sí estados anímicos negativos en los que se nos hace difícil y pesada la vida. Las personas se pueden preguntar si en estos momentos se puede rezar o el normal esfuerzo que requiere la oración es demasiado elevado para quien parece no tener fuerzas ni siquiera para llevar una vida normal.

XXVII Domingo del tiempo ordinario

Is 5, 1-7; Sal 79; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43

Es tiempo de vendimia en el hemisferio norte, en las tierras anchas de Castilla y de La Rioja, tiempo de cosechar el fruto del esfuerzo, y de cantar, al tiempo de brindar con el primer mosto.
El otoño es un tiempo cálido, colmado de colores y de frutos, cuando se oye y se baila la jota. En este contexto, parece acertada la elección del texto litúrgico: "Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña" (Is 5, 1).

 

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