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XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO "A"

(Éx 22, 21-27; Sal 17; 1Tes 1, 5c-10; Mt 22, 34-40)

No nos suele gustar que nos hablen de mandamientos y de obligaciones, menos aún que nos amenacen si no los cumplimos. Vivimos una hora emancipada de normas y de valores objetivos. ¿Cómo presentar, entonces, la revelación y el mensaje de este domingo?

Si en vez de proponer el mandamiento como obligación, lo propusiéramos como respuesta agradecida, y como revelación de lo que agrada a quien amamos, quizá le daríamos distinta acogida. ¿Pero seríamos fieles a la verdad?

Estimado Padre John, esta mañana estuve ante el Santísimo con mi grupo de oración. Durante la adoración siempre tengo la sensación de que hay demasiada palabrería y simplemente no capto el «propósito» de las «letanías» (las cuales rezamos juntos). Cada ves que las escucho siento que me están lavando el cerebro al repetir la misma frase dos o tres veces. Y no veo ningún amor emanado de este tipo de oración. Supongo que algo se me está escapando, ¿me lo puede explicar?

En nuestro último mensaje sobre este tema hablamos sobre la «demasiada palabrería» durante la adoración y las diferencias entre la adoración comunitaria y la personal. Ahora vamos a ofrecer tres reflexiones sobre la finalidad de rezar letanías.

XXIX Domingo del tiempo ordinario

Is 45, 1. 4-6; Sal 95; 1 Tes 1, 1-5b; Mt 22, 15-21

La historia de Israel, narrada en la Biblia, es en realidad revelación de la Historia de Salvación. Cuando contemplamos el transcurso de los acontecimientos que tienen que ver con los israelitas, nos sorprende cómo conduce Dios a su pueblo a través de circunstancias a menudo extrañas y paradójicas.

Uno de los capítulos más significativos para ver hasta dónde llega la providencia divina, que nunca abandona a los que ha escogido como suyos, es el que se refiere a la actitud de reyes paganos, como Ciro y Darío, que ordenarán la restauración de Jerusalén y posibilitarán el retorno de los israelitas a su tierra.

Sabemos que para rezar nos hace falta un espacio interior de soledad y silencio para escuchar a Dios. Un vacío de ruidos, de distracciones, de inquietudes, una atmósfera de paz interior donde Dios pueda hablar. Nos esforzamos por buscar un buen momento, un lugar tranquilo, la ocasión serena para el encuentro. Cuando por fin lo logramos, le abrimos el corazón a nuestro Señor esperando que Dios responda, que nos hable. Y su frecuente silencio nos sorprende, nos desilusiona, nos preocupa, nos hace sufrir. Nos da la impresión de que allí "no pasa nada".

XXVIII Domingo del tiempo ordinario

Is 25, 6-10a; Sal 22; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22, 1-14

Estamos en otoño, tiempo de recoger los frutos, meses de cosechas, y de celebrar el rendimiento de los trabajos. Tiempo de agradecer a Dios la fecundidad de la tierra, el sustento cotidiano, la mesa que dispone sobre los campos para que nadie pase hambre.
Los textos que hoy nos propone la Liturgia se concentran en la figura del banquete. Y aunque la carta de san Pablo a los filipenses se lea como lectura continuada, sin una correspondencia tan evidente como la que se da entre el evangelio y la profecía de Isaías y el salmo, sin embargo, también resuena en ella la referencia al hambre y a la saciedad. "Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta" (Flp 4, 12).

 

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