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"Me da vergüenza volver a Dios"

El cristiano vive en una continua tensión y lucha por hacer el bien. Vive en una continua conversión. Puede suceder a veces que, reconociendo nuestra necesidad de conversión y de volver a Dios, considerando la grandeza de la propia miseria, de los pecados pasados o presentes, nos dé “vergüenza” volver a Él en la oración. Nos sentimos pecadores, indignos de ser llamados sus hijos, llenos de miserias, como manchados en lo más profundo de nuestro ser.

XIII Domingo del Tiempo ordinario

(Sb 1, 13-15; 2, 23-24; Sal 29; 2 Co 8, 7. 9. 13-15; Mc 5, 21-43)

Es día de entonar el cántico de las criaturas, de bendecir al Señor por las obras de la Creación, de sumarnos a tantos que han cantado las alabanzas, al contemplar la obra magnífica del Creador: “Dios todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser” (Sb 1, 13-14).

La alabanza, un acto de amor

En la Celebración Eucarística tenemos la posibilidad de alabar a Dios con la oración del Gloria.

La alabanza es un don que Dios da a las almas humildes ya que es la oración de quien se sabe colocar en su sitio y no pretender ser el Dios que merece ser alabado. “A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.” Rom. 16, 27.

Hay tiempo para callar

Dijimos en el capítulo anterior que “la palabra era Dios”, y también, que “Dios es silencio”. Algo similar, incluso más claro, es lo que el libro del Eclesiastés aconseja al hombre: “todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo… hay tiempo para callar y tiempo para hablar” (Ecl 3, 1.7). Es decir, la Sagrada Escritura aconseja al hombre que en su vida es necesario y conveniente guardar silencio. Veamos cómo, cuándo y porqué.

Está claro que la oración no quita los problemas. No es la oración una panacea universal de resolución de los infinitos problemas humanos que surgen en las diversas circunstancias y ámbitos de la vida. Por ello no poca gente se pregunta, ¿para qué sirve la oración? ¿Me hace sentirme mejor? ¿Me hace más bueno? ¿Me hace más alegre, más feliz? ¿Qué es lo que me da para que merezca la pena dedicarle tiempo, energías y dedicación? Estas preguntas reflejan la mentalidad utilitarista en la que vivimos en la que siempre se busca una utilidad en lo que hacemos, pero como son preguntas que es lícito ponerse, vale la pena tratar de ofrecer algunas pistas que nos ayudan a encontrar el valor de la oración.

 

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