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XIV Domingo del tiempo ordinario

(Ez 2, 2-5; Sal 122; 2 Co 12, 7b-10; Mc 6, 1-6)

Nuestra naturaleza aspira a la seguridad, siente que sin ella no puede alcanzar metas importantes. Por lo mismo, rehúye el fracaso, la contingencia y la inseguridad.

Los estrategas de la economía, por ejemplo, se sientan a planear cómo ganar más, o cómo conseguir grandes resultados en sus inversiones, y huyen de cualquier signo de duda.

Y sin embargo, por propia experiencia, es en los momentos de mayor debilidad cuando la persona se abre a un conocimiento propio, de sí misma, que en ninguna otra situación alcanza.

La Sagrada Escritura habla del silencio de Dios y del silencio del hombre. Veamos cómo ha vivido el silencio el hombre/Dios, Jesucristo, verdadero y único modelo de todo cristiano y persona consagrada.

Este hombre vivió escondido, desconocido, ignorado de los hombres de su tiempo. El hombre perfecto, Jesús, fue amante solícito del silencio. Consideremos a grandes rasgos la predilección de Cristo por el silencio, a lo largo de su paso por la tierra.

"Me da vergüenza volver a Dios"

El cristiano vive en una continua tensión y lucha por hacer el bien. Vive en una continua conversión. Puede suceder a veces que, reconociendo nuestra necesidad de conversión y de volver a Dios, considerando la grandeza de la propia miseria, de los pecados pasados o presentes, nos dé “vergüenza” volver a Él en la oración. Nos sentimos pecadores, indignos de ser llamados sus hijos, llenos de miserias, como manchados en lo más profundo de nuestro ser.

XIII Domingo del Tiempo ordinario

(Sb 1, 13-15; 2, 23-24; Sal 29; 2 Co 8, 7. 9. 13-15; Mc 5, 21-43)

Es día de entonar el cántico de las criaturas, de bendecir al Señor por las obras de la Creación, de sumarnos a tantos que han cantado las alabanzas, al contemplar la obra magnífica del Creador: “Dios todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser” (Sb 1, 13-14).

La alabanza, un acto de amor

En la Celebración Eucarística tenemos la posibilidad de alabar a Dios con la oración del Gloria.

La alabanza es un don que Dios da a las almas humildes ya que es la oración de quien se sabe colocar en su sitio y no pretender ser el Dios que merece ser alabado. “A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.” Rom. 16, 27.

 

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