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Espíritu Santo:

Son muchos los nombres con los que te invoca la Iglesia, y nos cuesta comprender algunos de ellos. Eres el Abogado, el Consejero, el Defensor, el Paráclito, el Huésped del alma, el Amor divino, el Consolador.

Quiero acogerme a tu acción más íntima, a la que obras en el corazón, en el hondón del alma, con tus mociones consoladoras, las que además de conceder alivio en la prueba, indican el camino por el que seguir hacia la meta que tenemos como horizonte, Dios mismo.

Hace apenas unos días el Papa Francisco nos dió luces sobre cómo rezar en nuestras casas.  Las ideas que nos dejó, resultan enriquecedoras pues todos podemos de forma sencilla ponerlas en práctica para mejorar nuestra relación con Dios.

VI Domingo de Pascua

(Act 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal 97; 1Jn 4, 7-10; Jn 15, 9-17)

Experiencia del Amor

Pocos días como hoy concurren las lecturas con tanta fuerza y evidencia para afirmar el núcleo de la revelación: “Dios es amor” (1Jn 4, 7). Quizá no valoramos la expresión suficientemente, por ser manida y estar un tanto gastada, como si fuera fórmula aprendida del catecismo.

V Domingo de Pascua

(Act 9, 26-31; Sal 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8)

La fuerza del nombre de Jesús

El consejo de obrar en el nombre de Jesús puede parecer un atavismo, intento de usar su nombre como una especie de talismán, como palabra mágica. Las autoridades de los tiempos de los Apóstoles así lo creyeron, y les prohibieron pronunciar ese nombre a Pedro y a Juan.

La virtud que posee el nombre de Jesús no implica una fuerza esotérica, sino que por la fe en la persona del Señor se da el signo trascendente.

IV Domingo de Pascua - Jornada mundial por las vocaciones

(Act 4, 8-12; Sal 117; 1Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-18)

Se nos ha concedido conocer a quien ha vencido a la muerte y nos ha rescatado de un futuro incierto. Jesucristo es nuestro Salvador. “No se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Act 4, 12).

Jesús fue a la muerte para rescatarnos del abismo. Su Pasión no fue un accidente, sino la consumación de un proyecto divino. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3, 1). Hemos obtenido esta filiación por gracia, en razón de la entrega total de Jesús. Por Él y en Él nos sabemos y somos hijos de Dios.

Oraciones

La tradición

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El arma de Juan Pablo II – la consagración mariana

En el "Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen", San Luis María Grignion de Montfort nos dice que...

Pensamientos

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