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III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(Jon 3, 1-5. 10; Sal 24; 1 Cor 7, 29-31; Mc 1, 14-20)

La Liturgia no contempla hoy la conmemoración de la conversión de San Pablo, sino el III domingo del Tiempo Ordinario. Sin embargo, la providencia de la Palabra, al hilo de las lecturas que se proclaman este día, nos permite la resonancia del momento luminoso que vivió Saulo.

La conversión de Nínive por la predicación de Jonás -"Vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó" (Jon 3, 10)-, junto con la súplica del salmista -"Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor"- (Sal 24), encuadran el mensaje dominical.

Hay situaciones personales, familiares o comunitarias que uno no puede cambiar porque no dependen de la propia voluntad. A veces estas situaciones nos crean grandes sufrimientos porque nos crean heridas muy íntimas y nos encontramos como impotentes para modificar esa determinada situación. Podemos pedir al Señor que la cambie, podemos pedir fuerza para llevarla con paciencia pero también podemos ofrecerla al Señor. Esta oración de ofrecimiento es de gran valor y libera el alma de muchas inquietudes. No es simplemente una oración de resignación, porque creemos siempre que la omnipotencia divina puede cambiar lo que quiera según su voluntad. Es más bien un acto de aceptación del querer de Dios que se manifiesta en algunas circunstancias y en modos muy misteriosos para nuestra inteligencia limitada.

Así inicia una bella oración de San Claudio de la Colombière, el confesor de santa Margarita María d'Alacoque, santa a quien el Señor confío los secretos de la devoción a su Corazón. La oración había sido definida por Santa Teresa como "tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Libro de la Vida, 8, 5). Sí, Jesús es nuestro verdadero Amigo. Él mismo nos lo dijo en la Última Cena: "Os he llamado amigos" (15, 15). Somos sus amigos y Él es nuestro verdadero amigo. Todos buscamos un amigo, alguien en quien confiar nuestros secretos, a quien contar nuestras penas, en quien podemos apoyarnos cuando lo necesitamos y a quien podemos abrir nuestro corazón cuando está inundado de gozo o de tristeza. Jesús es el mejor Amigo. Y en la oración lo descubrimos como tal. El amigo siempre está ahí, dispuesto a salir al paso de nuestras necesidades. Y Jesús siempre está dispuesto a escucharnos. No se cansa de oírnos, como muchas veces los demás hombres a quien aturdimos con nuestros problemas. Él está ahí en lo hondo de nuestro corazón o en lo profundo del sagrario todo para nosotros.

Domingo de la Sagrada Familia

Si tenemos en cuenta los diferentes textos de la Liturgia de la Palabra de este día, podemos observar la alusión explícita a las relaciones esenciales que todos debemos ejercitar.

RELACIÓN VERTICAL-TRASCENDENTE

El Evangelio narra cómo los padres de Jesús lo presentaron en el Templo, en su deseo de cumplir el deber religioso de agradecer a Dios el nacimiento de Jesús, y acatar así el rito prescrito. "Llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor (de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor») (Lc 2,23).

José y María son ejemplo en su relación teologal y nos invitan con ello a ser generosos con Dios y con quienes nos han precedido. Porque "Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole" (Ecco 3, 2). Santa Teresa exclama: "Solo Dios basta".

IV DOMINGO DE ADVIENTO

Desde antiguo, la Revelación ha venido anunciando las alianzas de Dios con su pueblo, como señala el salmista: "Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades»." (Sal 88)

Los pactos con Noé, con Abraham o con Moisés, tienen su plenificación en la bendición sobre la Casa de David. La lectura resalta esta bendición profética: "Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre" (2Sam 7,16), que tiene su cumplimiento en Jesús: "Cristo Jesús -revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura" (Rm 16,26).

 

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