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Bastantes intervenciones de los Padres sinodales han insistido en el valor del silencio en relación con la Palabra de Dios y con su recepción en la vida de los fieles. En efecto, la palabra sólo puede ser pronunciada y oída en el silencio, exterior e interior. Nuestro tiempo no favorece el recogimiento, y se tiene a veces la impresión de que hay casi temor de alejarse de los instrumentos de comunicación de masa, aunque solo sea por un momento. Por eso se ha de educar al Pueblo de Dios en el valor del silencio. Redescubrir el puesto central de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia quiere decir también redescubrir el sentido del recogimiento y del sosiego interior. La gran tradición patrística nos enseña que los misterios de Cristo están unidos al silencio, y sólo en él la Palabra puede encontrar morada en nosotros, como ocurrió en María, mujer de la Palabra y del silencio inseparablemente. Nuestras liturgias han de facilitar esta escucha auténtica: Verbo crescente, verba deficiunt.

Este valor ha de resplandecer particularmente en la Liturgia de la Palabra, que «se debe celebrar de tal manera que favorezca la meditación». Cuando el silencio está previsto, debe considerarse «como parte de la celebración». Por tanto, exhorto a los pastores a fomentar los momentos de recogimiento, por medio de los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, la Palabra de Dios se acoge en el corazón.

Verbum Dómini, 66

Escuchar la Palabra de Dios es leer eso y decir: '¿pero a mí esto qué me dice, a mi corazón? ¿ Qué me está diciendo a mí, con esta palabra?" Y así nuestra vida cambia.

Cada vez que hacemos esto --abrimos el Evangelio y leemos un pasaje y nos preguntamos: '¿Con esto Dios me habla, me dice algo? Y si me dice algo, ¿qué me dice?-- esto es escuchar la Palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón. Abrir el corazón a la Palabra de Dios. Los enemigos de Jesús escuchaban la Palabra de Jesús, pero estaban cerca de él para encontrar un error, para hacerle resbalar, y que perdiera autoridad. Pero nunca se preguntaban: '¿qué me dice Dios en esta Palabra?' Y Dios no habla solo a todos: sí, habla para todos, pero habla a cada uno de nosotros. El Evangelio se ha escrito para cada uno de nosotros.

Nosotros somos el terreno en donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su palabra y de su amor.

Angelus 13 Julio 2014

Queridos hermanos y hermanas,¡buen día!

El evangelio de este domingo nos muestra a Jesús que predica en la orilla del lago de Galilea y que una gran multitud lo circunda. Él sube a una barca, se aleja un poco de la orilla y predica desde allí. Cuando habla al pueblo, Jesús utiliza muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana.

La primera que cuenta es una introducción a todas las parábolas: es la del sembrador, que sin ahorrar arroja las semillas en todo tipo de terrenos. Y el verdadero protagonista de esta parábola es justamente la semilla, que produce más fruto o menos según del terreno en el que ha caído. Los tres primeros terrenos son improductivos: a lo largo del camino los pájaros se comen la semilla; en el terreno pedregoso los brotes se secan rápido porque no tienen raíces; en medio de la zarzas la semilla es sofocada por las espinas.

El cuarto terreno es el terreno bueno, solamente allí la semilla prende y da fruto. En este caso, Jesús no se ha limitado a presentar esta parábola, también la ha explicado a sus discípulos. La semilla caída en el camino indica a cuantos escuchan el anuncio del Reino de Dios pero no lo acogen; así llega el maligno y se lo lleva. El maligno de hecho no quiere que la semilla del evangelio brote en el corazón de los hombres. Este es el primer paragón. El segundo es el de la semilla caída entre las piedras: esto representa a las personas que escuchan la palabra de Dios y la acogen rápidamente. El tercer caso es el de la semilla entre las zarzas: Jesús explica que se refiere a las personas que escuchan la palabra pero, a causa de las preocupaciones mundanas y de la seducción de la riqueza, queda sofocada.

Y concluye con la semilla que cae en el terreno fértil, la que representa a los que escuchan la palabra, la acogen, la custodian y la comprenden, y esa trae fruto. El modelo perfecto de esta buena tierra es la Virgen María.

Esta parábola nos habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a quienes se la escuchaban a Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que nosotros somos el terreno en donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su palabra y de su amor.

¿Con qué disposiciones le acogemos? Podemos plantearnos la pregunta: ¿cómo es nuestro corazón?, ¿a qué terreno se asemeja?: ¿a un camino, a un pedregullo, o a una zarza?

Depende de nosotros que nos volvamos un terreno bueno y sin espinas ni piedras, pero preparado y cultivado con cuidado, para que pueda traer buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidarnos que también nosotros somos sembradores. Dios siembra semillas buenas y también aquí podemos hacernos la pregunta: ¿Qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras pueden hacer mucho bien y también tanto mal; pueden curar y pueden herir; pueden animar o pueden deprimir. Hay que recordarse: lo que cuenta no es lo que entra pero lo que sale de la boca y del corazón.

La Virgen nos enseñe con su ejemplo a recibir la Palabra, custodiarla y hacerla fructificar en nosotros y en los otros.

Angelus 13 Julio 2014 

El Señor siempre es fiel a su palabra.

Testimonio del Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la casa pontificia, sobre cómo y por qué cambió radicalmente su forma de vivir el sacerdocio y su seguimiento a Cristo.

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XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(Jr 23, 1-6; Sal 22; Ef 2, 13-18; Mc 6, 30-34)

LA PALABRA

pastor_oveja_s2"-Oráculo del Señor-. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá". (Jr 23, 1-6)

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. (Sal 23)

-«Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.» (Mc 6. 30-34)

El cardenal Piacenza explica cómo llevar la Palabra a los hombres en una conferencia a sacerdotes hispanos en Estados Unidos

La Palabra llega de verdad a las personas por la acción del Espíritu Santo, envuelta en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia.biblia_altar

"La oración es encuentro, diálogo con Dios. Pero no pensemos que se desenvuelve como en una conversación humana. Es una conversación que se actúa en una mirada de fe, en una palpitación de amor y por esto las palabras no son necesarias.
El silencio, que se actúa en el profundo recogimiento del espíritu, llega a ser "la palabra" que Dios pronuncia en nuestra mente y en nuestro corazón; llega a ser luz que ilumina la verdad, llega a ser calor en el corazón que logra amar, abrazar y vivir.

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  • Aquel a quien san Juan llama en griego “ho Logos” –traducido en latín «Verbum» y en español «el Verbo» – significa también «el Sentido». Por tanto, la expresión de san Juan se puede entender así: el «Sentido eterno» del mundo se ha hecho perceptible a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia: ahora podemos tocarlo y contemplarlo (cf. I Jn 1, 1). El «Sentido» que se ha hecho carne no es simplemente una idea general inscrita en el mundo; es una «Palabra» dirigida a nosotros. El Logos nos conoce, nos llama, nos guía. No es una ley universal, en la que nosotros desarrollamos algún papel; es una Persona que se interesa por cada persona: es el Hijo del Dios vivo, que se ha hecho hombre en Belén. (Benedicto XVI, 17 de diciembre de 2008)
  • A muchos hombres, y de algún modo a todos nosotros, esto parece demasiado hermoso para ser cierto. En efecto, aquí se nos reafirma: sí, existe un sentido, y el sentido no es una protesta impotente contra lo absurdo. El Sentido tiene poder: es Dios. Un Dios bueno, que no se confunde con un poder excelso y lejano, al que nunca se podría llegar, sino un Dios que se ha hecho nuestro prójimo, muy cercano a nosotros, que tiene tiempo para cada uno de nosotros y que ha venido a quedarse con nosotros. (Benedicto XVI, 17 de diciembre de 2008)
  • La Palabra de Dios es el sujeto que mueve la historia, inspira a los profetas, prepara el camino del Mesías y convoca a la Iglesia. Jesús mismo es la Palabra divina que se hizo carne en el seno virginal de María: en él Dios se ha revelado plenamente, nos ha dicho y dado todo, abriéndonos los tesoros de su verdad y de su misericordia. San Ambrosio prosigue en su comentario: “Descendió, por tanto, la Palabra, para que la tierra, que antes era un desierto, diera sus frutos para nosotros” (San Ambrosio, Expos. del Evangelio de Lucas 2, 67). (Benedicto XVI, 6 de diciembre de 2009)
  • Queridos amigos, la flor más hermosa que ha brotado de la Palabra de Dios es la Virgen María. Ella es la primicia de la Iglesia, jardín de Dios en la tierra. Pero, mientras que María es la Inmaculada –así la celebraremos pasado mañana–, la Iglesia necesita purificarse continuamente, porque el pecado amenaza a todos sus miembros. En la Iglesia se libra siempre un combate entre el desierto y el jardín, entre el pecado que aridece la tierra y la gracia que la irriga para que produzca frutos abundantes de santidad. Pidamos, por lo tanto, a la Madre del Señor que nos ayude en este tiempo de Adviento a “enderezar” nuestros caminos, dejándonos guiar por la Palabra de Dios. (Benedicto XVI, 6 de diciembre de 2009)
  • Si las vicisitudes de la vida hacen que nos sintamos perdidos y parece que se derrumba toda certeza, contamos con una brújula para encontrar la orientación, tenemos un ancla para no ir a la deriva. Y aquí se nos ofrece el modelo de los profetas, es decir, de esas personas a las que Dios ha llamado para que hablen en su nombre. El profeta encuentra su alegría y su fuerza en la Palabra del Señor y, mientras los hombres buscan a menudo la felicidad por caminos que resultan equivocados, él anuncia la verdadera esperanza, la que no falla porque tiene su fundamento en la fidelidad de Dios. Todo cristiano, en virtud del Bautismo, ha recibido la dignidad profética; y cada uno debe redescubrirla y alimentarla, escuchando asiduamente la Palabra divina. Que nos lo obtenga la Virgen María, a quien el Evangelio llama bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de las palabras del Señor (cf. Lc 1, 45). (Benedicto XVI, 12 de diciembre de 2010)
 

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