Devocionario

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Debemos preguntarnos qué significa el que Nuestro Señor enviara una sola vez el Espíritu Santo cuando vivía en la tierra y otra cuando ya reinaba en el Cielo, pues en ningún otro lugar se dice claramente que fue dado el Espíritu Santo sino ahora, y después, cuando desde lo alto descendió sobre los Apóstoles en forma de lenguas de fuego. ¿Por qué motivo lo hizo, sino porque es doble el precepto de la caridad: el amor a Dios y al prójimo?

Así como la caridad es una sola y sus preceptos dos, el Espíritu Santo es uno y se da dos veces: la primera, por el Señor cuando vive en la tierra; la segunda, desde el Cielo, porque en el amor del prójimo se aprende el modo de llegar al amor de Dios. De ahí que diga el mismo San Juan: el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4, 20). Cierto que ya estaba el mismo Espíritu Santo en las almas de los discípulos por la fe, pero hasta después de la Resurrección del Señor no les fue dado de una manera manifiesta.

Homilías sobre los evangelios, 26

Comentario a la Liturgia - Domingo de Pentecostés

Acciones del Espíritu Santo

El Espíritu es quien da el hálito de vida.

El Espíritu gime en nuestro propio interior.

El Espíritu ora dentro de nosotros.

El Espíritu mora dentro de nosotros.

El Espíritu ama en lo más íntimo de nuestra propia intimidad.

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Pentecostés es un nuevo comienzo. A partir de ese día, el Espíritu Santo se manifiesta como Espíritu de Jesús. Del costado traspasado, Jesús nos dona su Espíritu y en Pentecostés los discípulos lo acogen como don del Resucitado.

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Los hombres y mujeres reunidos en el Cenáculo quedaron invadidos por la presencia personal del Espíritu Santo. Esos pobres hombres, vasos de barro (2 Co 4,7) quedaron llenos del Espíritu, divinizados. Es una nueva creación. Nace la Iglesia: morada de Dios entre los hombres.

Nosotros, como los huesos secos de la profecía de Ezequiel, escuchamos la voz del Resucitado que nos dice: “Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis” (Ez 37,14)

El Espíritu encuentra en nosotros rostros desfigurados y Él, que trabaja siempre, nos va reformando en la oración. Día a día, poco a poco, como el agua a la piedra de río, en cada oración, nos va moldeando conforme a la imagen de Cristo.

¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!

Espíritu Santo, inspiración íntima que conduce hacia el bien, la verdad y la belleza. Luz interior, que ilumina la noche del alma, concediendo la certeza de la fe.

Amor de de Dios, permanente destello  de la relación más sincera, incendio de la zarza ardiente, epifanía de la bondad divina en todo lo creado, que atrae y que enamora a la vez que envía.

Susurro en la conciencia que dicta con voz de brisa la recreación, y convierte lo que existe en testigo del Ser que lo sostiene todo, humanización divina, divinización humana.

Horizonte infinito, Tú te abres después de todos los límites y fascinas al que busca. Tú alientas el deseo de hallazgo, mantienes en la espera atenta y restauras en todas las fronteras la esperanza.

Espíritu Santo, que permaneces discreto en el hondón del alma. Sólo cuando uno se atreve a cruzar el abismo del silencio, en el aparente vacío de sí mismo, te encuentra colmando de presencia el espacio interior.

Llámame a entrar dentro de mí, donde Tú me habitas, para no cometer la injusticia de creerme solo, cuando Tú estás dentro, y de justificar mis huidas, cuando Tú me esperas para mantener el diálogo amoroso.

Déjame gustar el don más cierto, la vocación a la vida, la anchura de la fe, la plenitud del amor, la inquebrantable confianza, la expectación ardiente. Que aguarde en vigilia la hora de tu advenimiento, para saber interpretar el mensaje que me dictas en cada circunstancia. Que sepa leer la historia desde tu mirada y trascender la realidad, en medio de la prueba.

Cuando me aparto de tu mirada, la que llevo en las entrañas dibujada, me disperso y provoco un desierto desolador; mas cuando acierto a avanzar por la aridez del despojo en busca de tu aliento, respiro la dulzura indecible del acompañamiento secreto que más me afianza.

En las pruebas justifico mi evasión, mientras que Tú esperas a que, agotado por mis exilios, vuelva al recinto del amor, menesteroso y sediento. Espíritu, fuente y manantial de agua del santuario, sáciame de tu gracia.

Sé que eres el autor de mis logros, la respuesta a mi súplica, el descanso en mi fatiga, la tregua en mi trabajo, el cobijo en la hora aciaga, el techo que me cubre en la intemperie. Aunque no sea consciente de tu obrar en mí, no dejes de actuar, para que, con mi colaboración o con mi inconsciencia, te sirva de mediación para que otros experimenten tu apoyo.

Espíritu Santo, Defensor y Amigo, Tú eres respetuoso y sagaz: realiza en mí el proyecto que Dios quiere que yo lleve a término con su gracia, que eres Tú mismo, divino aliento.

 

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