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XIV Domingo del tiempo ordinario

(Ez 2, 2-5; Sal 122; 2 Co 12, 7b-10; Mc 6, 1-6)

Nuestra naturaleza aspira a la seguridad, siente que sin ella no puede alcanzar metas importantes. Por lo mismo, rehúye el fracaso, la contingencia y la inseguridad.

Los estrategas de la economía, por ejemplo, se sientan a planear cómo ganar más, o cómo conseguir grandes resultados en sus inversiones, y huyen de cualquier signo de duda.

Y sin embargo, por propia experiencia, es en los momentos de mayor debilidad cuando la persona se abre a un conocimiento propio, de sí misma, que en ninguna otra situación alcanza.

El silencio en la Pasión

En el artículo anterior reflexionamos sobre el silencio de Cristo en su nacimiento y en su vida oculta. En este artículo continuamos abordando el silencio de Jesús en el resto de su vida (nota del editor).

Donde más resalta el silencio de Cristo es en su pasión. Durante esos días, de sufrimientos físicos y morales, Jesús nos dejó un ejemplo extraordinario de silencio externo, normado por la caridad y el bien hacia los demás. Más vivo y real fue su silencio interno, es decir, su amor y unión al Padre y a su voluntad. Debemos aprender estas actitudes pues son contados los hombres que saben guardar silencio en los momentos de adversidad y oscuridad interior.

La Sagrada Escritura habla del silencio de Dios y del silencio del hombre. Veamos cómo ha vivido el silencio el hombre/Dios, Jesucristo, verdadero y único modelo de todo cristiano y persona consagrada.

Este hombre vivió escondido, desconocido, ignorado de los hombres de su tiempo. El hombre perfecto, Jesús, fue amante solícito del silencio. Consideremos a grandes rasgos la predilección de Cristo por el silencio, a lo largo de su paso por la tierra.

"Me da vergüenza volver a Dios"

El cristiano vive en una continua tensión y lucha por hacer el bien. Vive en una continua conversión. Puede suceder a veces que, reconociendo nuestra necesidad de conversión y de volver a Dios, considerando la grandeza de la propia miseria, de los pecados pasados o presentes, nos dé “vergüenza” volver a Él en la oración. Nos sentimos pecadores, indignos de ser llamados sus hijos, llenos de miserias, como manchados en lo más profundo de nuestro ser.

XIII Domingo del Tiempo ordinario

(Sb 1, 13-15; 2, 23-24; Sal 29; 2 Co 8, 7. 9. 13-15; Mc 5, 21-43)

Es día de entonar el cántico de las criaturas, de bendecir al Señor por las obras de la Creación, de sumarnos a tantos que han cantado las alabanzas, al contemplar la obra magnífica del Creador: “Dios todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser” (Sb 1, 13-14).

 

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